El Juego Más Peligroso

Richard Connell


—Allí, a la derecha, en algún lugar, hay una isla grande —dijo Whitney—. Es bastante misteriosa...

—¿Qué isla es? —preguntó Rainsford.

—Los viejos mapas la llaman “Isla de la Trampa de Barcos” —respondió Whitney—. Un nombre sugerente, ¿no? Los marineros le tienen un miedo extraño. No sé por qué. Alguna superstición...

—No puedo verla —comentó Rainsford, intentando distinguir algo en la noche tropical que parecía presionar el yate por todos lados.

—Tienes buena vista —dijo Whitney—, pero ni tú puedes ver a través de una noche caribeña sin luna.

—Ni a cuatro metros —admitió Rainsford.

—Será más claro cuando lleguemos a Río —dijo Whitney—. Deberíamos tener buena caza en el Amazonas. Grandes felinos, ¿sabes?

—El mejor deporte del mundo —respondió Rainsford.

—Para el cazador —dijo Whitney—. No para el jaguar.

—No digas tonterías, Whitney —respondió Rainsford—. Eres un gran cazador, y sin embargo tienes algunas ideas extrañas. ¿Quién se preocupa por lo que siente un jaguar?

—Quizá el jaguar sí —dijo Whitney.

—Bah, eso es absurdo. El mundo se divide en dos clases: los cazadores y los cazados. Afortunadamente, tú y yo somos cazadores.

Whitney guardó silencio un momento.

—A veces pienso —dijo— que incluso los animales pueden comprender el miedo.

—Eso es imposible —respondió Rainsford—. No tienen entendimiento.

Whitney miró hacia la oscuridad.

—Este lugar tiene mala reputación —dijo—.

—¿Caníbales? —preguntó Rainsford.

—No exactamente —respondió Whitney—. Pero los marineros le temen. He visto hombres que no le tienen miedo a nada mostrarse inquietos cuando se acercan a esta isla.

Rainsford se encogió de hombros.

—Superstición —dijo.

Esa noche, después de que Whitney se retirara, Rainsford permaneció en cubierta. La oscuridad era espesa como terciopelo negro. El yate avanzaba suavemente, cortando el agua con un leve murmullo.

De pronto, Rainsford oyó tres disparos a lo lejos.

Se inclinó sobre la borda, intentando ver de dónde provenían. Se apoyó demasiado. Su pipa golpeó contra la barandilla y cayó. En su intento por atraparla, perdió el equilibrio.

Con un grito breve, cayó al mar.

El agua estaba cálida, pero la oscuridad era total. El yate seguía avanzando. Rainsford gritó, pero el sonido de los motores ahogó su voz.

Nadó desesperadamente hacia donde había oído los disparos.

Nadó durante lo que le parecieron horas. Finalmente, sus manos tocaron tierra.

Se arrastró fuera del agua y, agotado, cayó dormido.

Cuando Rainsford despertó, el sol ya estaba alto en el cielo. Durante unos momentos permaneció tendido, tratando de recordar lo ocurrido. Luego todo volvió a su memoria: la caída, el mar, los disparos.

Se levantó lentamente y miró a su alrededor. La isla era espesa, una jungla casi impenetrable. Pero en la arena vio algo que no pertenecía a la naturaleza: huellas.

Huellas de botas.

Rainsford se inclinó para examinarlas. Eran profundas y recientes. No había duda: alguien más estaba en la isla.

Siguiendo las huellas, avanzó a través de la vegetación. Las ramas le arañaban, las hojas húmedas le golpeaban el rostro. Sin embargo, continuó. La curiosidad y la necesidad lo impulsaban.

Después de un tiempo, el terreno comenzó a elevarse. Las huellas seguían firmes. Finalmente, la selva se abrió.

Ante él se alzaba un gran edificio.

Era un enorme castillo de piedra, con torres altas y pesadas puertas. Parecía completamente fuera de lugar en aquella isla salvaje.

Rainsford avanzó hacia la entrada y golpeó con fuerza.

La puerta se abrió lentamente.

Un hombre gigantesco apareció en el umbral. Era alto, musculoso, con rostro inexpresivo. Sostenía un revólver.

Antes de que Rainsford pudiera hablar, una voz elegante se escuchó desde el interior.

—No dispare, Iván —dijo la voz—. Nuestro visitante no es una amenaza.

El hombre se hizo a un lado. Rainsford entró.

En el interior, todo era lujo: alfombras gruesas, muebles finos, luces cálidas. Era un contraste absoluto con la jungla exterior.

El dueño de la voz apareció.

Era un hombre alto, de barba cuidadosamente recortada, ojos negros y penetrantes. Vestía con elegancia.

—Bienvenido —dijo—. Soy el general Zaroff.

—Rainsford —respondió él—. Sanger Rainsford.

Los ojos de Zaroff brillaron con reconocimiento.

—¡El famoso cazador! —exclamó—. He leído su libro sobre la caza en el Tíbet. Es un honor.

Rainsford se sorprendió.

—No esperaba encontrar... esto aquí —dijo, mirando el salón.

Zaroff sonrió levemente.

—La civilización es algo que uno puede llevar consigo —respondió—. Incluso en los lugares más remotos.

Ordenó a Iván que preparara comida y ropa seca para su invitado.

Más tarde, Rainsford se encontró en el comedor, vestido con ropa limpia. La mesa estaba servida con exquisitez.

Durante la cena, hablaron de caza.

—He viajado por todo el mundo —dijo Zaroff—. He cazado en todos los continentes. Pero llegó un momento en que la caza dejó de interesarme.

—¿Cómo es posible? —preguntó Rainsford—. Siempre hay nuevos desafíos.

Zaroff negó con la cabeza.

—No. Había dejado de ser un desafío. Yo siempre ganaba.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Entonces encontré una solución.

Rainsford lo observó con atención.

—Una nueva presa —continuó Zaroff—. Un animal con razonamiento.

Rainsford frunció el ceño.

—Pero ningún animal puede razonar —dijo.

Zaroff sonrió.

—Exactamente —respondió—. Por eso cazo al único animal que sí puede hacerlo.

Hizo una pausa.

—Cazo al hombre.

Rainsford se quedó inmóvil.

—Está bromeando —dijo finalmente.

—En absoluto —respondió Zaroff con calma—. Este es mi juego.

Se levantó y caminó lentamente por la habitación.

—La isla es perfecta para ello. Los barcos encallan en las rocas. Los sobrevivientes... llegan aquí.

Rainsford sintió un escalofrío.

—¿Y luego? —preguntó.

—Les doy una oportunidad —dijo Zaroff—. Les proporciono comida, ropa, un cuchillo. Les doy ventaja. Y entonces comienza la caza.

—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó Rainsford.

—Tres días —respondió Zaroff—. Si logran evitarme durante ese tiempo, ganan. Si no... —se encogió de hombros— mueren.

Rainsford se puso de pie.

—Eso es asesinato —dijo.

Zaroff negó suavemente.

—No. Es caza.

Rainsford permaneció de pie, rígido.

—No participaré en ese juego —dijo con firmeza.

Zaroff lo observó con una leve sonrisa.

—No tiene elección —respondió—. Es usted un hombre civilizado. Comprenderá la situación.

Rainsford negó con la cabeza.

—Prefiero enfrentarme a Iván —dijo—. O a los perros.

Zaroff hizo un gesto despectivo con la mano.

—Como desee. Pero creo que encontrará mi juego... más interesante.

Se volvió hacia la mesa.

—Esta noche descansará —añadió—. Mañana comenzaremos.

Más tarde, en su habitación, Rainsford no pudo dormir. Las palabras de Zaroff resonaban en su mente. El cazador se había convertido en presa.

Al amanecer, Zaroff le entregó provisiones: comida, ropa y un cuchillo.

—Tiene una ventaja de tres horas —dijo—. Después, saldré en su búsqueda.

Rainsford no respondió. Se internó en la selva.

Se movía rápidamente al principio, luego con mayor cuidado. Sabía que debía pensar con claridad. Ya no era el cazador. Ahora era la presa.

Recordó todas sus experiencias. Las utilizó. Cambió de dirección constantemente, borró huellas, creó caminos falsos.

La selva era espesa, sofocante. El calor lo agotaba, pero continuó.

Al caer la noche, encontró un árbol alto y se subió a él. Desde allí, podría observar mejor.

No tuvo que esperar mucho.

Zaroff apareció, avanzando con calma, como si paseara. Se detuvo justo debajo del árbol.

Rainsford contuvo la respiración.

Zaroff examinó el suelo, las hojas, las ramas. Luego levantó la vista.

Por un instante, Rainsford pensó que lo había descubierto.

Pero Zaroff sonrió.

—Interesante —murmuró—. Muy interesante.

Se dio la vuelta y se alejó.

Rainsford apenas podía creerlo. ¿Por qué no lo había capturado?

La respuesta llegó de inmediato.

Zaroff quería jugar.

Quería prolongar la caza.

Rainsford descendió del árbol. Tenía que actuar. No podía seguir huyendo sin más.

Decidió luchar.

Recordó una trampa malaya que había aprendido años atrás. Trabajó con rapidez, colocando el mecanismo entre los árboles.

Cuando terminó, se ocultó y esperó.

No pasó mucho tiempo antes de que Zaroff regresara.

Avanzaba con la misma tranquilidad, observando todo.

De pronto, la trampa se activó.

Un pesado tronco descendió con fuerza.

Se escuchó un golpe.

Zaroff cayó al suelo.

Rainsford se puso de pie, preparado para correr.

Pero Zaroff no estaba muerto.

Se levantó lentamente, tocándose el hombro herido.

Miró la trampa, luego a su alrededor.

—Bien hecho —dijo en voz alta—. Muy bien hecho.

Rainsford sintió un escalofrío.

Zaroff estaba disfrutando.

El juego continuaba.

Rainsford corrió más profundamente en la selva.

Sabía que la siguiente vez debía ser más decisivo.

Rainsford siguió avanzando, ahora con mayor urgencia. El dolor en sus músculos y el cansancio eran intensos, pero el miedo lo impulsaba.

Sabía que Zaroff regresaría. Y la próxima vez, no sería tan indulgente.

Buscó un lugar adecuado. El terreno descendía hacia un pantano espeso. El aire se volvía pesado y húmedo.

Allí decidió preparar otra trampa.

Recordó un tipo de foso utilizado en la caza. Con manos rápidas, cavó en la tierra blanda y colocó estacas afiladas en el fondo.

Lo cubrió cuidadosamente con ramas y hojas.

Luego se alejó y esperó.

No pasó mucho tiempo antes de que escuchara los sonidos: pasos, ramas que se rompían, la respiración de los perros.

Zaroff venía acompañado.

Los perros avanzaban con rapidez, olfateando el rastro.

De pronto, uno de ellos cayó en el foso.

Se escuchó un grito breve y luego silencio.

Zaroff se detuvo.

Observó el lugar y asintió levemente.

—Ingenioso —dijo—. Pero no suficiente.

Rainsford comprendió que el tiempo se agotaba.

Se internó más en el pantano.

El suelo se volvía inestable, el agua le llegaba a las rodillas. El olor era denso y desagradable.

Pero no tenía otra opción.

Avanzó hasta encontrar un árbol adecuado.

Allí preparó una última trampa.

Ató su cuchillo a una rama flexible, tensándola como un resorte mortal.

Luego se ocultó.

Los perros se acercaban cada vez más.

El sonido de sus ladridos llenaba el aire.

Cuando Zaroff y Iván llegaron al lugar, la trampa se activó.

La rama se liberó con fuerza.

El cuchillo salió disparado.

Iván cayó al suelo, muerto.

Zaroff observó la escena con frialdad.

—Extraordinario —murmuró.

Pero la caza no había terminado.

Los perros continuaban.

Rainsford corrió.

El terreno se elevó abruptamente. Frente a él, un acantilado. Más abajo, el mar golpeaba con fuerza.

No había salida.

Los perros estaban cerca. Zaroff avanzaba detrás de ellos.

Rainsford no dudó.

Saltó.

El agua lo envolvió.

Zaroff se detuvo en el borde del acantilado.

Miró hacia abajo.

—Una pérdida —dijo—. Era un oponente digno.

Se dio la vuelta y regresó al castillo.

Esa noche, cenó solo.

Más tarde, se retiró a su dormitorio.

Encendió las luces.

Y entonces lo vio.

Rainsford estaba allí, de pie en la sombra.

Empapado, pero vivo.

Zaroff lo observó durante un instante.

Luego sonrió.

—Lo felicito —dijo—. Ha ganado.

Rainsford avanzó.

—Aún soy una bestia acorralada —respondió.

Los dos hombres se enfrentaron.

La lucha fue breve.

En la oscuridad de la habitación, solo uno sobrevivió.

Rainsford respiraba con dificultad.

Miró a su alrededor.

El castillo estaba en silencio.

Se acercó a la cama.

Era suave, cómoda.

Se acostó.

No había dormido mejor en su vida.

Fin